En un país libre como Estados Unidos, donde debe primar la democracia, el privilegio de votar no debe ser excusa para el insulto o la agresión. Un llamado al respeto por la diferencia de opiniones.
Así como en tiempos difíciles la solidaridad comunitaria se vuelve un verdadero salvavidas para quienes luchan por llevar un plato a la mesa, esa misma empatía parece evaporarse cuando entramos en el terreno político si de democracia estamos hablando.
Hoy en día, basta con abrir las redes sociales o caminar por ciertos vecindarios para presenciar cómo el apoyo a un candidato u otro se ha convertido en un campo de batalla. Hemos llegado al punto en que la diferencia de pensamiento justifica, para muchos, el insulto público, la agresión y la pérdida total del respeto hacia familiares, amigos y vecinos.
Defender nuestras convicciones es un acto natural y necesario, pero destruir nuestras relaciones en nombre de un partido político es un precio demasiado alto.
Cuando la pasión electoral se transforma en hostilidad, perdemos de vista el principio más hermoso que sostiene a Estados Unidos: la libertad y la democracia. Vivimos en un país donde las elecciones se llevan a cabo de manera democrática, un derecho por el que millones de personas en otras partes del mundo aún arriesgan sus vidas.
Ser afortunados de poder participar libremente en este proceso electoral debería llenarnos de orgullo cívico, no de ira. La grandeza de una democracia no se mide solo por quién gana en las urnas, sino por la capacidad de sus ciudadanos para coexistir pacíficamente con quienes marcan una casilla diferente en la boleta.
El derecho a pensar distinto es, precisamente, lo que garantiza que este país siga siendo libre.
Entonces surge una pregunta inevitable: el problema está únicamente en quien gobierna o tal ves en una sociedad que se resiste a reconocer los errores de sus gobernantes?
Estamos votando desde la razón y la evaluación de resultados; o desde el resentimiento, la polarización y el rechazo a quienes piensan diferente?
La democracia exige mucho más que votar ; requiere memoria, criterio, responsabilidad y capacidad de reconocer errores.
El país necesita menos fanatismo, menos polarización y más ciudadanos dispuestos a poner el futuro de la nación por encima de sus resentimientos, sus lealtades partidistas y sus intereses particulares.
Ningún candidato y ninguna campaña valen la pena si el costo es fracturar el tejido de nuestra propia comunidad.
Es fundamental que el respeto por la diferencia de opiniones prevalezca.
Solo a través de la tolerancia y el debate constructivo podremos llevar a cabo una elección verdaderamente adecuada, recordando que, el día después de que se cuenten los votos, seguiremos siendo los mismos vecinos que se necesitan mutuamente para construir un futuro mejor.
Por Editorial El Hispano para todos






