Por Nelson Merchan-Cely
Muchas veces nos enfocamos en gastar lo menos posible, convencidos de que llegaremos al final del viaje sin exceder el presupuesto. Tal vez todos somos un poco así: cada dólar ahorrado parece una victoria.
Veamos lo que ocurrió en mi último viaje al exterior. Mi familia me ayudó a buscar tarifas más accesibles, lo que alivió bastante el bolsillo. Para la primera parte del trayecto, una amiga me llevó en carro hasta el paradero del tren en Mangonia. Desde allí tomé un tren muy cómodo, aunque, como en todo viaje, nunca faltan los imprevistos que dan un toque especial a la experiencia.
El tren de dos pisos tenía como destino final el Aeropuerto de Miami, con unas diez paradas en el recorrido. Sin embargo, mi plan era diferente: debía bajarme en la estación de Fort Lauderdale para tomar el avión al día siguiente en el aeropuerto internacional de esa ciudad.
En otros viajes hubiera continuado hasta Miami para volar directamente a mi país, pero esta vez decidí quedarme en Fort Lauderdale. Así podía pasar la noche en casa de un familiar y, de paso, ahorrarme casi la mitad del costo del pasaje. A menudo, cuando viajamos, no pensamos en alternativas de conexión ni en otras ciudades desde las cuales volar, ya sea por desconocimiento o porque no tenemos familiares o amigos allí que nos apoyen.
Viajar por cuenta propia puede ser práctico para quienes tienen experiencia, pero en mi caso dependí de la ayuda de otros pasajeros. Les pedía que me avisaran cuando llegáramos a mi estación. Sin embargo, muchos iban concentrados en llegar puntuales a sus trabajos; otros solo viajaban una o dos paradas, y, para colmo, la comunicación en inglés no siempre era sencilla.
Debía estar muy atento a la llegada a Fort Lauderdale, pero la cosa no fue tan simple. Algunos pasajeros se ofrecieron a avisarme, pero terminaban conversando con sus vecinos y se olvidaban. Me preocupaba ver cómo se bajaban antes de mi parada sin decir nada. Incluso le pedí a una joven que me ayudara; aceptó, pero estaba tan enfocada en su celular que al final ni me miró. Sentía como si gritara “¡por favor, ayúdenme!” sin que nadie lo notara. Al final, tuve que sacar mi mapa Road Atlas United States/Canada and Mexico y, aunque ya era tarde, ese simple gesto me salvó.
Estas experiencias nos recuerdan que debemos asumir nuestra responsabilidad en cada situación, sin importar lo pequeña que parezca. Lo que creemos manejable puede sorprendernos y sacarnos de la zona de comodidad. Pequeños detalles se convierten en retos a superar. Pero siempre hay un camino para salir adelante, y con el tiempo esas dificultades se transforman en anécdotas que embellecen la vida.
¿Y tú? ¿Has tenido contratiempos en tus viajes? ¿Pequeñas sorpresas que te hayan puesto a prueba?





